¡Gracias por leer mi poesía!
Esta semana me encontré a Gustavo Adolfo Bécquer, uno de mis poetas favoritos, diciendo:
… “Mientras haya unos ojos que reflejen,
los ojos que los miran,
mientras responda el labio suspirando,
al labio que suspira,
mientras sentirse puedan en un beso,
dos almas confundidas,
mientras exista una mujer hermosa,
¡habrá poesía!” …
Y tuve que admirarlo otra vez. Que hermoso el sentimiento de sus versos. Yo me pregunto, qué pensaría alguien como él, si viviera en nuestra época? Si tuviera tan de cerca, como tenemos hoy, las noticias de lo tan absurdo que nosotros los seres humanos hacemos en este, y de este mundo. ¿Sería el capaz de vencer la tristeza y la depresión que causa vivir en medio de tanta tragicomedia diaria, y escribir así de romántico y bonito? Yo creo que no.
Yo opino que el hecho de que Bécquer nació y murió en el siglo XIX (nació en 1836 y murió en 1870, sólo vivió 34 años), cuando creó era mucho más fácil hacer que la vida transcurriera tranquila, pues era igualmente fácil abstraerse de las estupideces del día, fue, sin que él quisiera, un muy buen aliado de su enorme talento literario y, por tanto, una de las razones de su romanticismo tan puro. Por estos días, ya es difícil que alguien se pase la vida escribiendo poemas en la nebulosa del sentimiento, sin que la realidad del mundo actual le distorsione la inspiración.
Lo anterior sirve de introducción al poema que escogí para compartir aquí con ustedes. Lo escribí en el invierno del 2018 tratando de rendir homenaje a mis cuatro poetas favoritos, mencionados en el título del poema en el orden de mi gusto.
De mi admiración por los poetas de verdad y con el debido respeto y humildad:
A NERUDA, MACHADO, BÉCQUER Y BENEDETTI
Yo me soñé entre poetas,
y canté con gran pasión,
buscando iluso su gloria,
su fama y su aprobación,
pero ellos tenían poemas,
también alguna canción,
que eran arte verdadero,
de inigualable ovación,
y me abrumó la vergüenza,
al sentir su decepción,
pues mi prosa sin altura,
mi verso sin distinción,
les causó tal desosiego,
que su imagen se esfumó.
Y a momento tan sublime,
no importa si sueño o no,
siguió uno de tristeza,
desencanto y frustración,
al comprender que, a mis letras,
aunque llenas de emoción,
cargadas de sentimiento,
y ricas en su intención,
les hacía falta la magia,
de verdadera creación,
de talento incuestionable,
y divina inspiración,
para retar los poetas,
dueños de mi admiración.
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La Amistad, Oh, ¡Qué Regalo!

